Repensar la patria

lenin-in-smolny-oil-1930Podemos hacer una concesión si asumimos que la patria es la «nación propia de una persona, con la suma de cosas materiales e inmateriales pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de los patriotas» o que «el patriota es la persona que tiene amor a su patria»[1] o en palabras de Lenin que lo define como «uno de los sentimientos más profundos, consagrados por siglos, por millares de años de existencia particular de las patrias»[2]. Desde coordenadas materialistas, se usa el término patriotismo como sinónimo de amor a la patria aunque admitiendo que este tiene un origen en condiciones sociales y económicas determinadas y cuyo contenido varía según las épocas[3]. Digamos, pues, que estamos ante un concepto sentimental y no jurídico, excepto cuando se usa la expresión como sinónimo de nacionalidad y muchas veces como sinónimo de nación. Desde lo semántico puede haber mucho debate pero nos interesa, más que darle significado a la palabra, comprender la patria desde el pensamiento de Marx y llegar a una conclusión, ¿qué importancia tiene la patria en torno a las pretensiones de la clase obrera? ¿Qué significado adquiere la patria en el pensamiento político de Marx? ¿La clase obrera carece de patria? En el transcurso de la nota podrá estudiarse este pensamiento, desde lo filosófico hasta lo político y con las más sinceras de las reflexiones y críticas, lejos de repetir consignas y calcar el pensamiento de Marx como algo absoluto. El primer paso a dar es hacer una relectura del Manifiesto, uno de los panfletos políticos más celebres y difundidos de la historia; esa importante obra donde se decía que los «obreros no tienen patria»[4]. Sin embargo, más adelante expresa que la conquista del poder político incluye elevarse a clase nacional.

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Objeciones al paradigma «nacionalismo-fascismo» (I)

falangistaTanto en la historiografía como en la sociología se han suscitado incontables debates en torno a la díada nacionalismo-fascismo como fenómeno y como marco político, habiendo como consecuencia posturas de todas las índoles. Algunas de las más importantes se tratarán en este ensayo crítico, de manera que pueda hacerse un estudio completo del fenómeno político del nacionalismo y del fascismo, así como el germen de filosofías políticas relacionadas a movimientos nacionalistas, donde la más resaltante es la del fascismo que surge en 1919 según Gentile1. Dentro del Movimiento Comunista Internacional también surgieron planteamientos del problema, el intento de levantar una teoría materialista del nacionalismo y el fascismo, en tanto lo conciben como una dictadura abierta del capital. El problema es que no solo la estrategia política de la Internacional fue un fracaso contra esta díada de nacionalismo-fascismo, sino que las características dadas fueron bastante pobres e imprecisas y en el campo político, no se le combatió, pues, con la suficiente rudeza e inteligencia. Pero no nos extendamos en este punto, lo relacionado a la actuación política de los comunistas frente a la amenaza nacionalista se discutirá más adelante, no puede abarcarse desde el comienzo por su complejidad. Es propicio comenzar dándole caracterización de fenómeno político al nacionalismo y estudiarlo desde la óptica materialista, luego ahondar en las teorías políticas (o filosofías políticas) resultantes de este fenómeno y en su sistematización en Estados como el alemán o el italiano, en tanto partieron de sus propias condiciones, factores y visiones. Seguir leyendo “Objeciones al paradigma «nacionalismo-fascismo» (I)”

Comentarios a «Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico» de Stalin

Pellegrini, Giovanni Antonio, 1675-1741; Caesar before AlexandriaEste artículo viene a ser una cuidadosa y breve lectura crítica de la obra «Cuestiones del Leninismo», del año 1938, escrita por J. Stalin. La obra no es del todo imprecisa, puesto que es un repaso a las nociones más elementales del materialismo histórico y dialéctico, salvo por la cuestión del desarrollo histórico. ¿A qué se hace referencia con desarrollo histórico? En cuanto a la producción, al accionar de las leyes objetivas y a la sucesión de un modo de producción por otro, en relación a determinadas relaciones sociales de producción, unas se extinguen y surgen, pues, otras. Esta es una premisa básica, el estrépito es la evolución universal (desde el punto de vista occidental) en todas las sociedades, implicando que todas siguieron el mismo curso y la misma producción. Es decir, la fórmula de comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo y capitalismo. ¿Pero cómo es posible esto si las sociedades, geográficamente separadas, no evolucionaron a partir de las mismas condiciones? ¿Implicaría esta fórmula que todas las sociedades siguieron una serie de determinaciones comunes? ¿Que la historia de la humanidad se hizo de acuerdo a un modelo? Está claro que es rotundamente falso y que muchas de estas posiciones, dentro del marxismo, cayeron en un reduccionismo sin precedentes, opuesto al materialismo. Lo esencial, antes de comenzar con los comentarios críticos en sí, es darle lectura a algunas de las obras más resaltantes de los clásicos.

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El marxismo y su tergiversación histórica

 

e01d850f83e4388aed1194176b1c70d2--socialist-realism-soviet-artEstos sectores seudorevolucionarios se encargan de pregonar y gritar consignas perfumadas en majadería y elogios a la clase trabajadora, hasta alegan comprender el abecé del marxismo por completo. Hace siglos Marx decía que Lasalle se sabía de memoria el Manifiesto Comunista, como sus devotos se sabían los evangelios compuestos por él y que cuando lo falsificaba burdamente no podía más que cohonestar su alianza con sectores absolutistas y feudales contra la burguesía 1. Esa frase, por supuesto, podríamos reutilizarla y adecuarla a tiempos actuales porque encaja perfectamente en el actuar político de las mayores fuerzas «progresistas» de la izquierda en complicidad con la «vanguardia» comunista que dice estar en representación de los trabajadores. El primer error del que parten las autodenominadas vanguardias, o como debería decirse; los débiles y desviados partidos comunistas, es en la deplorable estrategia de formar frentes con partidos burgueses –de izquierda– como si se tratara de otro frente diferente a los de derecha, ignoran los comunistas que la dualidad entre la izquierda y derecha es necesaria en la superestructura político-ideológica de la burguesía, ambas fuerzas no pretenden atacar su base ni su estructura sino coexistir mutuamente en pro de la permanencia de esta institucionalidad burguesa. Si el objetivo de los comunistas es destruir la máquina burocrática estatal de la burguesía y transformarla con el fin de que sirva como soporte de la dictadura del proletariado y acabar con las clases, es inconcebible como los actuales comunistas se enfrascan en alcanzar el poder político mendigando curules y municipalidades, además teniendo relaciones –casi serviles– con partidos conexos a la conciliación de clases 2. El marxismo jamás se erigió sobre la conciliación de clases o las relaciones «cordiales» entre clases opresoras y oprimidas. Esta es la premisa del filisteísmo reformista, no la de la teoría revolucionaria marxista; la única que comprende tres ámbitos de lucha relacionados entre sí, la lucha económica, la lucha política y la lucha ideológica.

La enseñanza de Marx en cuanto a estos tres frentes de lucha es que deben tratarse de forma simultánea y nunca separada; por eso recordamos, respondiéndole a algunos tergiversadores, que el marxismo no comprende una amalgama de postulados mecanicistas o indeterministas sino que, como dice Engels, la producción –y la reproducción de la vida– es el factor que, en última instancia, determina la historia. Por ende, considera que las formas jurídicas, los reflejos de todas estas luchas en los cerebros de los participantes (aquí se refiere a las ideologías) y a las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, ideas religiosas y muchos factores emanados de la superestructura levantada sobre la base económica, influyen sobre el curso de las luchas históricas 3. Parece que el escaso conocimiento teórico o el afán de sepultar el marxismo ha creado una especie de amnesia colectiva en los remanentes de los partidos comunistas, de modo que éstos se rigen por simple dogmatismo y actúan sin entender las condiciones materiales y el contexto en el que viven y como consecuencia, la burguesía ha creado un mito del carácter seudocientífico y dogmático del marxismo, como si se tratara de algún tipo de corriente idealista o de una gran mentira fabricada para descarriar a la clase trabajadora del corral llamado estado, el más poderoso y omnipotente de los órganos, ese que tiene la función coercitiva y sirve como comité para los asuntos de la burguesía. Una cosa es cierta y es que la teoría marxista no es abstracta ni dogmática ni debe aprenderse de memoria así como tampoco es la solución a todas las necesidades. No es un credo, sino una guía para la acción 4 . Lenin también nos recuerda que la influencia de la filosofía burguesa se deja sentir en forma de epidemia, más que todo en la repetición de frases vacías y consignas aprendidas de memoria, no comprendidas ni meditadas, que conducen a tendencias pequeñoburguesas y a prácticas que nada tienen de marxistas  5. Algunos prevemos la existencia de un consenso entre la burguesía y los dogmáticos que adornan sus partidos con nombres progresistas o seudorevolucionarios incluso haciéndonos creer que el marxismo tampoco parte del entendimiento o la comprensión de todo lo que nos rodea, lo cual es absurdo; el marxismo bebe de las ciencias móviles y analiza el desarrollo de la humanidad en sociedad, con base a varias condiciones donde ha quedado claro que la base económica es la más importante, aunque no la única ni mucho menos está exenta de otros factores y no por eso, los hombres no son protagonistas ni dejan de hacer su historia; todo lo contrario. Por esa razón, Engels menciona lo siguiente: «Los hombres hacen ellos mismos su historia, pero hasta ahora
no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas estas sociedades, impera la necesidad, cuyo complemento y forma de manifestarse es la casualidad. La necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados grandes hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y un país determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo y aparecerá un sustituto más o menos buen, pero a la larga aparecerá (…) Marx descubrió la concepción materialista de la historia, pero Thierry, Mignet, Guizot y todos los historiadores ingleses hasta 1850 demuestran que ya se tendía a ello; y el descubrimiento de la misma concepción por Morgan prueba que ya se daban todas las condiciones para que se descubriese, y necesariamente tenia que ser descubierta» (Carta de Friedrich Engels a H. Starkenburg, 25 de enero de 1848).

La teoría marxista, durante su nacimiento y posterior época de madurez, gozó de un carácter sumamente creativo y genuino, en cuanto rompía con los idealismos y se aprovechaba de la dialéctica de Hegel, transformándola por completo. Desentrañó la economía política burguesa, facilitó herramientas para el entendimiento del modo de producción capitalista, estableció la concepción materialista de la historia y dejó de lado a la benevolencia burguesa que no era más que el socialismo utópico e idealista cambiándola por la organización comunista de los trabajadores, aspirando a una nueva sociedad sin clases. Sólo que el trabajador ya no partía de idílicas luchas, revueltas y ataques de ira en contra de las clases poseedoras, sino que ésta vez tenía la forma de entender porqué era explotado y cómo podía enfrentarse, mediante la organización, a estas clases poseedoras. No obstante, la mayor inspiración de algunos es una decoración absurda y fantasiosa de la actual sociedad burguesa pero bajo un falso esquema socialista que recuerda al kautskysmo, declarando un estado de bienestar donde los trabajadores puedan gozar de todos los beneficios –concesiones– dando a entender que la revolución puede hacerse desde la estructura burguesa –o desde arriba– y que el capitalismo puede tener rostro, humano o salvaje. Es tal el subjetivismo izquierdista que pretenden hacer creer al trabajador que la lucha entre partidos y las «revoluciones» desde arriba pueden generar algún tipo de cambio o pueden liberar a la clase trabajadora cuando lo único que hace es posponer su sufrimiento, este vaivén burgués es parte de los principios en lo que se erige el estado burgués y la sociedad burguesa; la república, la democracia, el parlamentarismo y demás vagos conceptos que en la práctica, como nos ha mostrado el curso de la historia, han resultado ser más que falsos. Marx nos enseñó que el capitalismo es un modo de producción y que está exento de moralismos o de rostros, de modo que no puede decirse que sea benévolo o malévolo; en dado caso, es un sistema que explota y que lucra a unos por el trabajo de otros. Los moralismos los ha extendido la burguesía con sus múltiples caras, pretendiendo manifestar que el marxismo parte de concepciones éticas y de una especie de justicia divina. Es todo lo contrario, la superestructura surgida de la base económica capitalista es la única que ha creado un juego moralista para blindar la sociedad y mantenerla en el camino correcto; el de la sumisión. Los reformistas y revisionistas, la categoría más infame y traidora de la burguesía, constantemente llaman a la renovación –o adaptación– del marxismo o de una forma más osada, el rechazo al marxismo en contraposición a otras ideas, práctica que en su momento llevó a cabo la II Internacional e ideas que trastornaron al marxismo como lo fueron el maoísmo, el titoísmo, el revisionismo jruschevista y hasta el Juche, de lejos la más utópica y ridícula de todas. Expresaba Lenin que: «Mientras tanto, los liquidadores, que han abandonado el marxismo, no hacen con sus ataques a la existencia misma de un marxismo monolítico, con su destrucción de la disciplina marxista y con su prédica del reformismo y de la política obrera liberal más que desorganizar el movimiento obrero» (Ulianov, V. Marxismo y reformismo, 1913, p. 3.).

Probablemente seria acertado acuñar las mismas palabras de un irritado Marx al enterarse de las acciones de autodenominados marxistas: «¡je ne suis pas marxiste!». Sin embargo, más acertado aún sería desenmascarar a aquellos sectores que atentan contra la teoría y la práctica marxista,  sectores que terminan acudiendo a un sinfín de excusas y muñecos de paja para tergiversar, deformar, degenerar e incluso tratar de destruir todos los aportes que legaron Marx y Engels. El marxismo está más joven que nunca, pues nunca ha tenido fecha de vencimiento sino que, constantemente, se ha amoldado al tiempo gracias al materialismo dialéctico como método para comprender el desarrollo de las fuerzas productivas, los cambios sociales y las constantes contradicciones de clase junto a las relaciones económicas y todo lo que sea consecuencia de ésto. Esta base filosófica nos permite trabajar en pro de la extensión de todos estos aportes, pudiendo aumentar el prestigio del marxismo en la clase trabajadora y difundir tanto su aprendizaje como su entendimiento. Cuando aún la teoría no estaba del toda madura, Marx manifestó: «Hoy la filosofía se ha trivializado y la prueba más contundente es que la misma conciencia filosófica ha sido arrastrada al tormento de la lucha, no solo externa sino también internamente. Pero si construir el futuro y asentar todo definitivamente no es nuestro asunto, es más claro aún lo que, al presente, debemos llevar a cabo: me refiero a la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer los resultados a los que conduzca como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentan el poder. Por lo tanto, no estoy a favor de levantar ningún estandarte dogmático. Por el contrario, debemos ayudar a los dogmáticos a ver claro sus propias proposiciones» (Carta de Karl Marx a Arnold Ruge, Kreuzenach, septiembre de 1843)

La crítica despiadada de todo lo existente, un puñal en el corazón del actual orden de las cosas –omnipotente para los ideólogos de la burguesía– y desafiar su poderío, específicamente en los tres frentes; económico, político e ideológico. En la misma carta, mencionaba: «Por lo tanto, nada nos impide convertir en el punto de partida de nuestra crítica a la crítica de la política la participación en la política y, por ende, a las luchas reales, e identificar nuestra crítica con ellas. En ese caso, no nos enfrentamos al mundo en actitud doctrinaria con un nuevo principio: ¡Esta es la verdad, arrodíllense ante ella! Desarrollamos nuevos principios para el mundo sobre la base de los propios principios del mundo. No le decimos al mundo: “Termina con tus luchas, pues son estúpidas; te daremos la verdadera consigna de lucha”. Nos limitamos a mostrarle al mundo por qué está luchando en verdad, y la conciencia es algo que tiene que adquirir, aunque no quiera» (Carta de Karl Marx a Arnold Ruge, Kreuzenach, septiembre de 1843).

A esto es lo que nuestro hombre de Tréveris llama la reforma de la conciencia. El marxismo goza de vida gracias a un bello oasis, el sustento material. De ahí a que se haga mención al desarrollo de nuevos principios para el mundo sobre la base de los propios principios del mundo. Ni las más vulgares de las tergiversaciones pueden contra la teoría revolucionaria de los oprimidos, mucho menos con su método de análisis y estudio; el materialismo dialéctico. Hoy es cuando sigue teniendo vigencia y permite ver al mundo desde la perspectiva más racional; la materialista, esa que es parte de los principios del mundo. No solo la tarea intelectual del marxismo es ahora mismo una necesidad, sino la necesidad política e ideológica para que se refuerce la base teórica y la praxis. Mientras las tergiversaciones continúan, el aporte científico de dos alemanes (la continuación de innumerables condiciones para su desarrollo) sigue influyendo y manteniéndose en la sociedad, sin importar los constantes esfuerzos motivados a sepultarlo.

Este artículo originalmente fue escrito para su publicación en la revista venezolana Bactriana.

Notas y referencias bibliográficas

  1. Marx, K. Crítica del programa de Gotha, 1875, p. 33.
  2. Según Marx en el Manifiesto Comunista: «En Alemania, el partido comunista luchará al lado de la burguesía, mientras ésta actúe revolucionariamente, dando con ella la batalla a la monarquía absoluta, a la gran propiedad feudal y a la pequeña burguesía». ¿Hay alguna posibilidad real hoy siglo XXI? La respuesta es negativa.
  3. Carta de Friedrich Engels a J. Bloch, Londres, 21 de septiembre de 1890.
  4. Carta de Friedrich Engels a Adolph Sorge, Londres, 29 de noviembre de 1886.
  5. Ulianov, V. Acerca de algunas particularidades del desarrollo histórico del marxismo, 1910, p. 3.

Estado de todo el pueblo

0e4a3cf31d76761911dd125d8b2f8c98--socialist-realism-soviet-artLas tergiversaciones a la teoría marxista prevalecen en el tiempo, datan a las primeras revisiones a Marx como una forma de avalar los intereses y fines de la socialdemocracia. Esta práctica, sin embargo, no ha cesado y sigue haciendo mella dentro del movimiento. Hablemos entonces del concepto «Estado de todo el pueblo», difundido en épocas distintas por naciones y movimientos distintos, siempre con el objetivo común de sepultar los principios marxistas referentes al Estado y para crear una falsa sensación de armonía entre todos los sectores y estamentos, una perpetua paz donde se construye la nueva sociedad sin ningún tipo de obstáculo. Esta concepción no se aleja de los clásicos estatismos donde el Estado, efectivamente, es el fin y lo único que mantiene cohesionada a la sociedad. Ejemplos hay de sobra.

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Librecambio y proteccionismo

5e715780140dac2339e8c52b328c1532--socialist-realism-soviet-artUno de los temas más desconocidos en el seno de la teoría de Marx es el librecambio, constantemente vilipendiado y atacado por una infinidad de sectores que abogan más por el proteccionismo económico. Me parece que es idóneo analizar el tema y sintetizarlo en un artículo, sobre todo tratándose del segundo artículo publicado en este espacio. De acuerdo a Serra i Moret con la expresión librecambio se quiere indicar «la absoluta libertad de comerciar; y, sobre todo, la supresión de trabas e impuestos de aduanas que dificultan el comercio internacional».

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Algunas cuestiones sobre el marxismo y el federalismo

65ec774f09b2bacb7c6ab6728187895cLas opiniones referentes al federalismo dentro del seno del marxismo naturalmente han sido objetivas, siempre partiendo desde posiciones dialécticas. La organización política del socialismo es, esencialmente, centralista y unitaria por lo que era común ver como los clásicos mostraban oposición al federalismo, salvo en casos particulares. He aquí la presencia de la dialéctica; el federalismo, de acuerdo al análisis materialista, era una forma transitoria que siempre tiende a evolucionar hacia el estado unitario, pues las entidades transmiten –progresivamente– sus poderes y competencias al gobierno federal hasta que finalmente el proceso de centralización surte efecto, al menos históricamente así sucede en los principales estados federales de los que tenemos conocimiento. Federalismo no es más que una expresión originada del latín foedus y su genitivo foederis, traduciéndose como pacto, tratado, convención o alianza en donde agentes políticos que pueden ser pueblos, estados y municipios se obligan, de forma recíproca, con el fin de llevar a cabo finalidades de cualquier índole. Por ende, el federalismo es un sistema jurídico y político contrario al unitarismo estatal –pero puede ser un paso adelante–, en él los estados o entidades políticas asociadas gozan de autonomía mientras que competencias como la representación internacional, la emisión de moneda y la defensa nacional quedan en manos del estado federal.

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